nombre

 

Olvidarse del nombre de familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo o cualquier persona, puede implicar distintos factores. Puede ser el alto nivel de estrés enfrentado en el momento de hablar con la persona, tal vez la timidez de interactuar, o simplemente usted es alguien olvidadizo (a) y no se acuerda del nombre en ese momento.

 

Lo cierto es que al olvidarse del nombre de alguien, esa persona ha pasado a ser un individuo anónimo.

 

Llamar a las personas por su nombre tiene un significado muy grande principalmente para quien lo escucha.

 

Llamando a cada uno por su nombre, de un modo sencillo le estamos reconociendo inmediatamente su dignidad de persona, su singularidad, su identidad.

 

¿Cómo te sientes cuando alguien a quien ves seguido no se sabe tu nombre?

¿Cómo crees que haces sentir a una persona cuando le llamas por su nombre?

¿De qué otra forma puedes hacer sentir importante a quienes te rodean?

¿Tratas a los demás como te gustaría ser tratado?

 

Jesús llamaba a las personas por su nombre y transmitía amor.

Llamo a Zaqueo y él se arrepintió de sus pecados y tuvo un encuentro con Dios.

“¡Lázaro!”.  Gritó Jesús, y Lázaro resucitó.

Llamó por su nombre a Simón Pedro y le mostró amor tras la triple negación.

Llamó por su nombre a Marta y le hizo ver lo que era más importante.

María Magdalena, pasó de la tristeza más honda a la alegría más grande.

 

 

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Primera-clase

 

En un avión que cubría un vuelo entre Johanesburgo y Londres, a una señora blanca, de unos cincuenta años, le toca sentarse al lado de un hombre de color. Llama a la azafata para quejarse y esta pregunta: ¿Cuál es el problema señora?

 

— Pero ¿no lo ve?, responde muy molesta la señora. —Me colocó al lado de un negro. No puedo quedarme al lado de este “inmundo” deme otro asiento.

 

— Por favor, cálmese, dice amablemente la azafata. —Casi todos los lugares de este vuelo están tomados. Voy a ver si hay algún lugar en clase ejecutiva o en primera.

 

La azafata se apura y vuelve unos minutos después. —Señora, explica la azafata, como yo sospechaba, no hay ningún lugar vacío en clase económica. Conversé con el capitán y me confirmó que tampoco hay lugar en ejecutiva. Pero sí tenemos un lugar en primera clase.

 

Antes que la señora pudiese responder algo, la azafata continuó:

—Es totalmente inusitado que la compañía conceda un asiento de primera clase a alguien que está en económica, pero dadas las circunstancias, el capitán consideró que sería escandaloso que alguien sea obligado a sentarse al lado de una persona que nos haga sentir mal…

 

La señora, con cara de satisfacción, se prepara para abandonar su asiento e ir a ocupar el asiento en primera clase… en eso, la azafata mira a la persona de color y le dice:

 

—Si el señor me hiciera el favor de tomar sus pertenencias, el asiento de primera clase ya está preparado.

Y todos los pasajeros alrededor, que acompañaron la escena, se levantaron y aplaudieron por la actitud de la compañía.

 

“Porque para Dios no hay acepción de personas”.  Romanos 2:11

 

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palabras

 

Una palabra irresponsable: puede encender discordias y fuegos difíciles de apagar…

 

Una palabra cruel: puede arruinar y derribar todo lo que se había edificado en una vida…

 

Una palabra de resentimiento: puede matar a una persona, como si le claváramos un cuchillo en el corazón…

 

Una palabra brutal: puede herir y hasta destruir la autoestima y la dignidad de una persona…

 

Una palabra amable: puede suavizar las cosas y modificar la actitud de otros…

 

Una palabra alegre: puede cambiar totalmente la fragancia y los colores de nuestro día…

 

Una palabra oportuna: puede aliviar la carga y traer luz a nuestra vida…

 

Una palabra de amor: puede sanar el corazón herido.

 

Porque las palabras tienen vida.

Son capaces de bendecir o maldecir, de edificar o derribar, de animar o abatir, de transmitir vida o muerte, de perdonar o condenar, de empujar al éxito o al fracaso, de aceptar o rechazar…

 

¿Cómo hablamos a los demás? ¿Qué les transmiten nuestras palabras?

¿Qué me digo a mí mismo? ¿Hacia dónde me conduce mi dialogo interno?

 

El Señor Jesús dijo: “Yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio, pues por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”. (Mateo 12:36,37)

 

 

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